Desmayo y adiós, no dio tiempo a llegar; todo fue rápido, tal y como querías, sin frases vanas y
estúpidas que se dicen en esos momentos. El cansancio y la discreción vergonzosa de la que siempre hiciste gala, te ayudaron en ese obligado aunque temido viaje. Quiero pensar que esa era la forma elegida cuando señalabas hacia el frente agotada por el esfuerzo que te suponía moverte, respirar, vivir; quiero pensarlo para no ver que posiblemente ya sabías desde hace un tiempo que estaba a punto de ceder el oxidado anclaje a la vida y, aunque avisabas, no quise entender la inmediatez del evidente mensaje porque me engañó la fortaleza y capacidad de superación de tu organismo.
Ya está ¿y ahora qué? absurdos papeleos, absurdos cuidados de tu preciada casa, dispersión familiar, alivio de obligaciones ... pero también, vacío; vacío de ese contacto con el pasado, con mi origen, con una parte de mi que nadie ni nada puede suplir porque no estáis ahí para hacérmelo presente cuando lo necesito. Ahora, igual que las rosas, a esperar que la vida me convierta en historia de otros, a vivir en la palabra de los que me necesitan para su propia historia y a hacer que viváis en todos nosotros, simplemente porque os lo debemos y, quiero suponer, lo deseamos.
03 diciembre, 2014
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